En los últimos meses, los analistas han seguido con interés los actos de conmemoración en los países de Asia Oriental del 70 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial. Como no podía ser de otro modo, las formas que ha tomado esta conmemoración han sido muy distintas en Japón, Corea y China, como reflejo de los diferentes usos que en estos tres países se hace de la historia. Al respecto, son muy recomendables las reflexiones que antes del inicio de las celebraciones realizaron tres especialistas en el Journal of Asian Studies.

Estos últimos días ha habido otro aniversario en el que los usos del pasado y la memoria histórica también juegan un papel destacado, aunque en este caso ha tenido mucha menos repercusión, por su carácter más local y porque forma parte de la historia de Taiwán, que como sabemos recibe una atención muy secundaria por parte de los medios. Me refiero al Incidente del 28 de febrero (228 shijian), del que hace unos pocos días se ha conmemorado el 69 aniversario.

El Incidente del 28 de febrero hace referencia a un acontecimiento luctuoso de la historia de Taiwán ocurrido en 1947. Desde 1895 la isla había sido una colonia del imperio nipón, hasta que en 1945, con el final de la Segunda Guerra Mundial, pasó a estar bajo control de la República de China, cuyo gobierno estaba en manos de Chiang Kai-shek, líder del Kuomintang o Partido Nacionalista.

Tras 50 años de control japonés y alejados de las influencias –y terribles penurias– de China, y a pesar de la dureza de la administración colonial, la mayoría de taiwaneses hablaba japonés y ni una sola palabra de mandarín y había gozado de unos sistemas educativo, sanitario y productivo que habían hecho de Taiwán la segunda región más avanzada de Asia, sólo por detrás del archipiélago japonés y muy por delante de China.

En 1945, la llegada de las tropas de la República de China a la isla tras la marcha de los japoneses dio inicio a un periodo de desconfianza mutua entre continentales y taiwaneses. Los primeros consideraban a los segundos unos traidores pro-japoneses, mientras que los segundos veían en los primeros unos depredadores que llegaban a la isla sólo para obtener un beneficio inmediato.

De manera inmediata, los taiwaneses se vieron despojados de cualquier rol en la nueva administración y la economía pasó a manos de las élites del Kuomintang. Decenas de fábricas fueron desmanteladas para trasladarlas al continente, la corrupción se convirtió en el pan de cada día, la inflación se disparó, el mercado negro pasó a ser la única alternativa a la falta de productos básicos, y los abusos y las expropiaciones por parte de las élites del Kuomintang se sucedían indiscriminadamente.

Las tensiones entre continentales e isleños fueron en aumento. Hasta que el 27 de febrero de 1947 se produjo un incidente que desencadenó una rebelión y una dura represión.  En la capital Taipei, unos agentes de la oficina de monopolios del gobierno confiscaron el tabaco de contrabando que vendía una viuda y, ante sus protestas, la golpearon. La multitud que se congregó para defender a la viuda imprecó a los agentes, que en la huída dispararon y mataron a un transeúnte.

Al día siguiente se organizó una protesta, a la que la policía respondió de manera expeditiva. Varios de los manifestantes murieron. Tras decretarse la ley marcial, en los siguientes días se desató una marea de protestas que permitió que la multitud tomara el control del gobierno y las estaciones de radio.

La insurrección se expandió hasta muchas otras ciudades de la isla, que durante las siguientes semanas dejó de estar bajo el control efectivo del gobierno republicano. Los ataques contra los establecimientos y oficinas de los continentales fueron habituales, y muchos bancos y empresas fueron objeto de pillaje. Al mismo tiempo, se formó un comité civil que exigió al gobierno de la República de China mejoras en la administración, mayor autonomía, y el final de la corrupción y del trato vejatorio a los taiwaneses.

La respuesta fue de una dureza sin paliativos. Un contingente muy numeroso de tropas gubernamentales llegó a la isla durante la segunda semana de marzo. Durante los días siguientes se inició un frenesí de pillaje y asesinatos indiscriminados.

Cualquiera que se cruzara con los soldados y no hablara mandarín podía ser ejecutado sin contemplaciones y con una violencia brutal. La disidencia fue aniquilada y durante meses fueron habituales las ejecuciones sumarias, las torturas y las desapariciones. Se trata del primer episodio del periodo de terror blanco que se alargará durante décadas.

Una vez el Kuomintang pierde la Guerra Civil contra el Partido Comunista de Mao Zedong y se refugia en la isla de Taiwán, el régimen de Chiang Kai-shek mantendrá un control férreo sobre la isla, amparado por la ley marcial, vigente durante décadas gracias a la excusa de la lucha contra la “rebelión comunista”.

Los periodistas y los medios locales son perseguidos y se impone una censura rigurosa. El Incidente del 28 de febrero y las matanzas que lo siguieron se convierten en un tabú y desaparecen de cualquier documento, medio o publicación, aunque se mantienen vivos en la memoria de millones de taiwaneses.

Sólo en 1995, en pleno proceso de democratización, el presidente Lee Teng-hui –que había participado en el Incidente del 28 de febrero como un taiwanés más y fue incluso arrestado–, reconoce públicamente la culpa de su propio partido en la persecución contra la población taiwanesa que siguió al 28 de febrero. A partir de entonces, el Incidente del 228 pasó a ser de dominio público y objeto de debate entre académicos.

Actualmente, el 28 de febrero es un día festivo en Taiwán. La celebración tiene su eje en el Parque de la Paz del 28 de febrero de Taipei, que alberga un museo sobre el Incidente del 228. Curiosamente, el parque se halla en el distrito de Zhongzheng –la designación más habitual para referirse a Chiang Kai-shek, señalado como principal responsable del Incidente– y está situado a pocos centenares de metros del conocido como “Chiang Kai-shek Memorial Hall” (Zhongzheng jinian tang). Lo cual sin duda refleja que, a pesar del esfuerzo realizado por restaurar la memoria histórica sobre uno de los periodos más oscuros para la isla, existen todavía contradicciones latentes y sin resolver en la sociedad taiwanesa.

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Licenciado en Filosofía (Universitat de Barcelona) y doctor en historia (Universitat Pompeu Fabra), actualmente es Profesor Agregado del Departmento de Artes y Humanidades de la Universitat Oberta de Catalunya, donde además dirige el Máster Universitario de Estudios de China y Japón. Su investigación orbita alrededor del estudio de los factores culturales implicados en las acciones del imperialismo europeo en China en los siglos XIX y XX.