En cuestión de seguridad China es envidiable, lo atribuyo a que sus penas son draconianas desde siempre para el tráfico de drogas, portación de armas, secuestro, violación y otros delitos como la corrupción que te conducen directamente al fusilamiento.

Lo celebro, quien me diga que soy un retrogrado lo invito a pasar un mes en Veracruz, el Estado de México o Tamaulipas, y si sale vivo o entero verá como el gobierno no hace nada o son parte de los mismos delincuentes casi siempre, entonces pedirían esos castigos a gritos. Pero China no está exento de algunas problemáticas. Tenemos que entender que las mafias locales controlan esos delitos. La corrupción es inherente al hombre, pero cualquier país la controla, eso a través de delimitar espacios para las mafias: si salieran de ese espacio se enfrentarían a la poderosa justicia. El problema es que en México no hay separación de la justicia y la delincuencia, son lo mismo, y no se les ha delimitado un territorio. Lo malo es cuando uno va a meterse a esos círculos delimitados de ese poder subterráneo y casi invisible en países asiáticos. Verán amables lectores mi experiencia.

Todo es cuestión de actitud, también la seguridad

A pocas semanas de haber llegado a China, mis grandes amigos Raúl y Danan, que son oriundos de mi ciudad Pachuca y además entrañables amigos (ellos ya vivían en Shanghái desde antes), me invitaron a pasar unos días a su piso. Me llevaron a conocer algunos lugares, pero ese día, Raúl tenía una reunión de negocios, así que para no interrumpirlo me quede caminando en la calle de Nanjing y, como hacía mucho calor, me metí a un café de franquicia. Llevaba mi cámara, tenía poco tiempo de haber llegado a China y fotografiaba hasta las piedras.

Pedí un café y una china con cuerpo de fisicoculturista muy amablemente me lo llevó. Son muy bellas las chinas, pero esa no tenía nada de bello. En algún rato, una hermosa y muy joven china, se acercó a mi mesa y halagó mi cámara, a lo que agradecí, luego se marchó. Al cabo de 25 minutos regresó la mujer con otra cámara parecida y después de un rato me pidió sentarse, a lo que accedí. Platicamos, muy buena platicadora, sobre su carrera de fotógrafa en Shanghái, sus orígenes, los míos; todo era una casualidad perfecta –a veces de un hola nos inventamos toda una vida, alguien me entenderá-.

Al momento recibió una llamada, era su prima para decirle que la alcanzaba. Pasado el rato llegó, no tan guapa como la primera, y me pidió permiso para sentarse a lo que no vi problema. Les dije que pidieran, y ella me pidió permiso para pedir whisky, para entonces una bebida era barata, yo afortunadamente pedí café y fruta. Y digo afortunadamente porque después de una hora de platicar las mujeres me dijeron que si íbamos a caminar por Nanjing, a lo cual acepté. Muy caballeroso pedí la cuenta a “Hulk con cabello largo” –la mesera-. Los mexicanos siempre pensamos que conquistamos a una mujer por pagar una cuenta. Cuando me entregaron el recibo vi que decía algo como 12 mil yuanes (18 mil pesos), un “mogollón de pasta”. Ahí se me bajaron las ínfulas de galán, pedí hablar con “Hulk” y su aspecto de buena gente se transformó en el de un gorila. Las mujeres se ofrecieron a pagar una parte y con orgullo de macho les regresé el dinero, aquella mujer a gritos me pedía mi tarjeta de crédito, obviamente me negué.

Cuando pedí revisar la carta, cada onza de whisky costaba algo como 800 yuanes, en un vaso que se tomaba la china iban como 4 o 5 onzas. Como no accedí a pagar vi como arrebató la cámara de mis manos. La seguí, avanzamos hasta el fondo del local y había un pequeño cuarto, abrió la puerta y se metió. Yo iba detrás de ella y detrás de mí las dos asustadas chinitas. Abrí, entré y detrás de mí se cerró la puerta, al reaccionar había 5 hombres, 4 jóvenes tatuados totalmente hasta el cuello y un viejo que daba órdenes, entonces fue cuando me quedé pasmado.

Dos hechos me ayudaron; uno, nunca he recibido tantas llamadas como ese día, amigos me hablaban para invitarme a una fiesta, y yo contestaba como si nada pasara, en menos de media hora recibí mas de 20 llamadas, lo que intrigaba a los mafiosos aquellos; y dos, para ese entonces me cortaba el cabello a rape. Siempre he tenido imaginación y cuando me preguntaron esos tipejos a que me dedicaba contesté que era militar, de la agregaduría militar de México y que mi Embajada estaba enterada de ese incidente (en Shanghái no hay embajada) y que ya iban en camino.

Uno de los tatuados me quitó el teléfono mientras seguía timbrando, al mismo tiempo metieron a las dos jóvenes chinas quienes me gritaban que pagara. Ahí comprendí que ellas eran parte del fraude. Me abalancé contra del chino a golpes, recuperé mi teléfono y contesté. Era Raúl que me preguntaba dónde estaba, no recuerdo como le comenté todo, lo que recuerdo era que me preguntaba mi ubicación pero yo no sabía, no conocía nada ahí. Por un pequeño resquicio vi reflejado en un espejo el anuncio de un centro comercial “Metersbonwe”. Cuando los hombres vieron que le daba el nombre se abalanzaron sobre de mí y me quitaron nuevamente el teléfono. Tomé un lápiz, lo puse entre mis dedos y la palma de la mano y los reté a golpes, entonces juraba que ya estaba perdido, esos tipos sí que se veían temibles. Pero entonces el viejo levantó la mano, nos calmó a todos y en su pobre inglés fue disminuyendo la cuota. De 12 mil yuanes fue bajando de 500 en 500 yuanes, yo muy seguro negaba con la cabeza. Cuando llegamos a mil yuanes acepté y entonces pidieron mi visa pero dije que no, mi condición era que alguien me acompañara al cajero y ahí se lo daba, además que ya estaba por llegar la gente de mi embajada y se quejarían con la policía -todo el tiempo insistí con eso, funcionó-.

La situación era más que tensa, aquellos tipos sólo estaban esperando la orden y yo sentía que iba a salir de ahí en pedazos. El tipo accedió, les asustó lo de la embajada, lo que menos quieren son problemas. El teléfono sonaba a todo momento, era Raúl, así que el hombre aceptó que me acompañara con quien me había liado a golpes. El viejo tomó la cámara, la colgó en mi cuello y me dio dos palmadas en la espalda mencionando “que tenía suerte por ese día”. Vi como a las dos mujeres las golpeaban y se las llevaban a otro cuarto, pero ya no hice más.

Mientras salía del pasillo observé que el restaurante se componía de dos partes, una llena sólo de hombres que estaban a punto de ser extorsionados, porque primero los emborrachaban y les quitaban su celular y; otra, normal para familias donde no había extorsión. Cuando bajamos las escaleras seis tipos que estaban ahí cuando subí, en cuanto vieron a aquel mafioso lleno de tatuajes detrás mío se pusieron en posición de firmes y le hacían mil reverencias, entonces sentí que ahora si me hacían jamón. Yo pensaba liarme con él a golpes en la calle, alguien avisaría a la policía. Cuando salimos a la avenida sólo me dijo “go” dos veces, todavía me despedí con un “zài jiàn 再见” adiós en chino y después corrí.

Una cuadra después me encontré a Raúl, sobra decir la regañiza que me dio. Esa noche no dormí, di como 4 vueltas a la cuadra y fumé como 10 cigarros, luego me reí y recordé que el café y la fruta fueron gratis. En China es muy común este tipo de extorsión, nadie está exento, días después mi moral estaba cabizbaja por haber sido estúpido al creer en algo así. No cabe la culpa, pero esa vez la libré, hay que estar siempre pendientes, eso te puede salvar la vida, aun en China.

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Mi nombre es Omar Campos, soy mexicano de nacimiento y chino de corazón desde que llegué por primera vez a esa nación. Soy profesor de universidad en temas de Economía, Administración y Reingeniería de Procesos, además de empresario. He terminado de escribir un libro titulado “Shanghái, la casa del águila” que algún día veré publicado y que espero alguien lo lea. Amo China, más Shanghái, es mi segunda casa, Pekín es hermoso pero me causa angustia su tamaño, el hermoso Hangzhou se robó algo de mí. Me tocó caminar en una nación que acabó por cambiarse a sí misma y al mundo mientras recorría sus calles, estuve en su presentación al mundo en 2008 y quiero compartir con los lectores mi visión de esta fascinante nación. Hoy mi país vive una desastrosa guerra que nos tiene sumidos en una enorme fosa mortuoria, la corrupción es cínica y una forma de vida; las comparaciones son ociosas más entre países tan distintos, pero China, México y el mundo no son tan diferentes. Entender cómo se transformó China podrá ayudarnos a cambiar al mundo y a entender nuestro entorno global desde un punto de vista humanista.