Si bien en el imaginario colectivo ha quedado como sinónimo de culto al líder la época estalinista (1924-1953), en la que la figura del estadista soviético Iosif Stalin fue ensalzada y prácticamente divinizada, lo que se produjo en China ya comenzados los años sesenta lo superó con creces.

El culto a la personalidad de Mao Zedong (毛泽东) queda entroncado, irónicamente, con el confucianismo, que bebe directamente de las enseñanzas del filósofo Confucio (551-479 a.C.), destacando la centralización del poder y la dirección de un solo hombre que se encuentra por encima de las leyes. Además, podemos encontrar reminiscencias del emperador, quien gobernaba con un poderoso liderazgo autocrático, administrando su imperio por medio de una burocracia centralizada y especializada.

Este culto hunde sus raíces en un periodo relativamente temprano dentro del Partido Comunista, sirviendo para afianzar su liderazgo en un momento complejo en el que se sirvió de distintas purgas internas (no fue, a pesar de lo que se suele pensar, el hombre de la URSS, pues su heterodoxia no casaba con la rigidez soviética).

Ya como Gran Timonel de la República Popular China, el Gran Salto Adelante erosionó gravemente su imagen de infalibilidad, lo que sirvió a Liu Shaoqi (刘少奇), jefe del Estado, y Deng Xiaoping (邓小平), secretario general del Comité Central del Partido, para emprender una serie de reformas económicas encaminadas a lograr cierta estabilidad para poner fin a las hambrunas que estaban afectando a la población.  Pese a la recuperación económica, la situación ideológica dentro del Partido, a ojos de Mao, se estaba deteriorando, apostando por medidas prácticas en detrimento de la pureza que anhelaba.

Al saberse en una situación menos central e incontestable dentro del Partido (aunque podemos afirmar que en ningún momento existió un riesgo real de que perdiera el poder, al igual que tampoco  fue privado de la toma de decisiones o derrocado) consideró -más bien lo consideraron sus “cortesanos”- que promover el culto a su persona sería una vía de escape para regresar a su posición de infalibilidad, pudiendo apartar los errores cometidos como Gran Timonel de China.

El culto a Mao llegó a límites insospechados, produciéndose situaciones en el día a día del pueblo chino difícilmente comprensibles, como por ejemplo el ritual de leer y memorizar sus citas antes de salir de casa; postrarse ante sus retratos o estatuas para pedir instrucciones ante la proximidad de una actividad importante; realizar obligatoriamente la danza de la lealtad en las estaciones de tren de algunas provincias y, a nivel mediático, incluso se atribuían cualidades curativas a sus citas.

Otra de las formas de exaltación de Mao y su pensamiento fue, por destacar un último ejemplo, la campaña para acabar con los cuatro viejos (el viejo pensamiento, la vieja cultura, las viejas costumbres y las viejas prácticas), sustituyéndolos por los cuatros nuevos. Es decir, la implantación del Pensamiento Mao Zedong (毛泽东思想, Máo Zédōng Sīxiǎng) reemplazando a todo lo demás, haciendo, como se dice coloquialmente, tabla rasa para empezar de cero.

El objetivo final de este tipo de acciones no era otro que hacer de Mao una figura infalible y perfecta, ejemplo para la nación y faro ideológico del pueblo. Al fin y al cabo se pretendía cohesionar a la sociedad en torno a su figura, siendo el pilar fundamental sobre el que se sustentaba el Partido Comunista (a día de hoy sigue usando la figura de Mao para legitimar su permanencia en el poder).

Sin lugar a dudas el objeto de culto por excelencia de la Revolución Cultural fue el Pequeño Libro Rojo (毛主席語錄, Máo zhǔxí yǔlù), publicado en abril de 1964 a petición de Lin Biao (林彪), por aquel entonces ministro de Defensa y uno de los hombres fuertes del Partido, en el que se recogen cuatrocientas veintisiete citas de Mao agrupadas en treinta y tres capítulos.

Precisamente Lin fue uno de los actores más activos en promover el culto a Mao hasta límites insospechados, como por ejemplo algunos fragmentos correspondientes al prefacio a la segunda edición del Pequeño Libro Rojo, del 16 de diciembre de 1966:

“El camarada Mao Zedong es el más grande marxista-leninista de nuestra época.  Ha heredado, defendido y desarrollado de manera genial y creadora y en todos sus aspectos el marxismo-leninismo, elevándolo a una etapa completamente nueva” o, por resaltar una frase, “conviene aprender de memoria sus frases clave, estudiarlas y aplicarlas reiteradamente”.

Como instrumento de enseñanza fue de obligada lectura para los chinos de todas las edades, fomentado su estudio en grupos, su memorización y el uso de las citas en publicaciones de cualquier tipo. Se transformó en la piedra angular de la China revolucionaria, de la China comunista. Este modelo basado en la repetición y la memorización tiene reminiscencias confucianas, lo que nos vuelve a llevar a la constante contradicción entre la nueva China y la tradición.

Bibliografía:

SHORT, Philip (2011): Mao. Barcelona: Crítica.

MACFARQUHAR, Roderick y SCHOENHALS, Michael (2009): La revolución cultural china. Barcelona: Crítica.

CHANG, Jung y HALLIDAY, Jon (2007): The Unknown Story. London: Vintage.

DENG, Rong (2006): Deng Xiaoping y la Revolución Cultural. Madrid: Editorial Popular.

BADIOU, Alain (2003): La Revolución Cultural. ¿La última revolución?. París: Les conférences du Rouge-Gorge.